MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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sábado, 6 de septiembre de 2014

LAS TRES MISAS VESPERTINAS

           

LAS TRES MISAS VESPERTINAS (Les trois messes basses)
de Dom Balaguère




          En mi juventud, cuando residía en Francia desde el año 1.945 hasta el año 1.965, en donde estudié con los HH Maristas 13 años, recuerdo que para poder comulgar en la misa hacía falta un ayuno de 24 horas, luego se recortó a 3 horas, y ahora se pide solo una hora. Recuerdo las misas en latín que llegué - y aún soy capaz - a memorizar, y sé recitar el Pater, el Credo; y muchas oraciones de la Santa Misa.

           Recuerdo también que en Navidad se decían a media noche 3 misas seguidas, que en Francia se denominaban "Les trois messes basses", que me dijo cierto Sacerdote joven que en España se llamaban misas vespertinas o misas menores.

          Se me ha quedado grabado en la mente que la mayoría de la gente seguía con mucho fervor la misa en un misal, en donde estaban por una parte las oraciones de la misa en latín, y al lado su traducción en francés; al cabo del tiempo, ya no se necesitaba esa traducción porque ya se sabía su significado en latín. Eso lo digo para refutar la opinión de los que dicen que nadie entendía las oraciones. Ahora es cuando no se entiende, en España cuando se va a una región con su propio dialecto, o en el extranjero.

       Se me quedó también grabado la comunión de rodillas; la genuflexión, cuando se recitaba el Credo y se llegaba al "Incarnatus est ex María Virgine", y tantos signos de respeto hacia el Santísimo, que desgraciadamente, hoy se han perdido.


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 LES TROIS MESSES BASSES 
(Cuentos desde mi Molino de Alphonse Daudet)




 
           - ¿Dos pavos rellenos de trufas, Garrigoú?
           - Sí, mi Reverendo, dos magníficos pavos forrados de trufas. Si lo sabré yo, que fui el que ayudó a rellenarlos. Parecía que su piel se iba a rajar al asarlos, de lo tensa que estaba...
           - ¡Jesús - María! ¡A mí que me gustan tanto las trufas!...Dame de prisa mi estola, Garrigoú...Y además de los pavos, ¿qué más has visto en las cocinas?...
            -¡Oh! Toda clase de cosas suculentas...Desde medio día, no paramos de desplumar faisanes, avefrías, patos, urogallos. Estaba todo el aire lleno de plumas volando... Luego, del estanque  trajeron anguilas, carpas doradas, truchas, y...
          - ¿Como de grandes las truchas, Garrigoú?
          - Así de grandes, mi reverendo... ¡Enormes!...
           - ¡Oh! ¡Dios mío! Me parece que las estoy viendo... ¿Has puesto ya el vino en las vinajeras?

           - Sí, mi Reverendo ya he puesto el vino en las vinajeras...Pero ¡Caray!, no tiene nada que ver con el que va Vd a beber dentro de poco, al salir de la misa del gallo. Si hubiera Ud. visto en el comedor del castillo, todas esas licoreras resplandecientes llenas de vinos de todos los colores... ¡Y la vajilla de plata, los centros de mesa labrados, las flores, los candelabros!...Nunca se habrá visto un banquete igual. El Señor Marqués invitó a todos los nobles del vecindario. Seréis por lo menos cuarenta comensales, sin contar el apoderado y el maestresala...¡Ah! ¿Qué felicidad la suya, mi Reverendo por poder participar!...¡Solo al haber olfateado esos hermosos pavos, el olor de las trufas me persigue por todos partes...Beee!...

         - Vamos, vamos, hijo mío. Guardémonos del pecado de gula, sobretodo esta noche de Navidad...date prisa de ir a encender las velas y de tocar el primer aviso de la misa; porque se acerca la media noche, y no tenemos que retrasarnos...
            Esta conversación tenía lugar una noche de Navidad en el año de gracia de mil seiscientos y pico, entre el reverendo Dom Balaguère, antiguo prior de los Bernabitas, y a la presente capellán titulado de los Sires de Trinquelage, y su pequeño monaguillo Garrigoú, o por lo menos lo que creía que era su monaguillo, porque habéis de saber, que esa noche, el diablo había tomado la cara redonda y los rasgos indecisos del joven sacristán, para así mejor inducir al reverendo padre en la tentación y hacerle cometer un espantoso pecado de gula.

          Luego, mientras el suso dicho Garrigoú (¡Jo! ¡jo!) hacía repicar las campanas del castillo señorial a brazo partido, el Reverendo acababa de revestirse de su casulla en la pequeña sacristía de su castillo; y, el espíritu turbado por todas esas referencias gastronómicas, se decía a si mismo vistiéndose:
          - ¡Pavos asados...carpas doradas...truchas así de grandes!...

          Afuera, el viento de la noche soplaba esparciendo la música de las campanas, y poco a poco las luces aparecían en la sombra en la falda del monte Ventoux, en lo alto del cual se levantaban las torres del viejo castillo de Trinquelage. Eran las familias de los aparceros que venían a oír la misa del gallo al castillo. Subían la cuesta cantando por grupos de cinco o seis, el padre delante, el candil en la mano, las mujeres arropadas en su gran manta oscura en donde los niños se apretujaban y se abrigaban. A pesar de la hora y del frío, toda esa buena gente caminaba alegremente, con la esperanza de que al terminar la misa, habría, como todos los años, una mesa preparada para ellos, abajo en las cocinas. De vez en cuanto en la dura cuesta, la carroza de un noble, precedido por los porteadores de antorchas, hacía resplandecer sus cristales en el claro de la luna, o bien una mula trotaba agitando sus cascabeles, y gracias a la luz de las farolas envueltas en la bruma, los aparceros reconocían su arrendatario y lo saludaban al pasar.
           - ¡Buenas noches, buenas noches Maese Arnotón!
           - ¡Buenas noches, buenas noches, hijos míos!

         La noche era clara, las estrellas deslumbraban por el frío; el viento hería, y una fina llovizna, que resbalaba en la ropa sin mojarla, guardaba fielmente la tradición de las Navidades blancas de nieve. Arriba en la cuesta, el castillo aparecía como la meta, con su enorme cantidad de torres, de almenas, el campanario de su capilla alzándose en el cielo negro azulado, y una gran cantidad de lucecitas que parpadeaban, iban, venían se agitaban en todas las ventanas, y en el fondo sombrío del edificio se asemejaban a chispas que corrían en las cenizas de un papel quemado..

.Una vez cruzado el puente levadizo y el portón, para ir a la capilla había que cruzar el primer patio, lleno de carrozas, de lacayos, de sillas de andadas, todo alumbrado por el fuego de las antorchas y del resplandor de las cocinas. Se oía el tintineo de los hierros de los asados, el retumbe de las cacerolas, el choque de la cristalería y de la vajilla de plata, que se aprestaban para preparar el banquete;  por encima de todo flotaba un vapor tibio que dejaba un agradable olor a carnes asadas y a hierbas aromáticas para las complicadas salsas, lo que hacía decir tanto a los aparceros como al capellán, como al arrendador, como a todo el mundo:
           - ¡Que buen banquete de Navidad tendremos después de la misa del gallo!

                    ¡Drelindin din!...¡Drelindin din!...
             Es la misa del gallo que comienza. En la capilla del castillo, una catedral en miniatura, con los arcos entrecruzados, con las paredes forradas de madera de roble, hasta la altura de los muros, en donde se colgaban los tapices, estando todos los cirios encendidos. ¡Y cuanta gente! ¡Cuantos tocados! He aquí primero, sentado en los sitiales labrados que rodean el coro, el Sire de Trinquelage, en hábito de tafetán color salmón, y cerca de él, toda la nobleza que ha sido invitada. 

De frente, en los reclinatorios tapizados de terciopelo, tomaron sitio la vieja marquesa  madre, en su vestido de brocarte de color fuego y la joven dama de Trinquelage, tocada con una alta torre de encaje acanalada a la última moda de la corte francesa. Más abajo, vestidos de negro, y con grandes peluquines puntiagudos, con la cara afeitada, se pueden ver el arrendador Thomas Arnotón y el maestre sala Ambroy, dos notas graves en medio de las vistosas sedas y las damas enjoyadas. Luego vienen los grasos mayordomos, los pajes, los picadores, los intendentes, dama Barba, con todas sus llaves colgadas en el costado en un llavero de plata fina. 

Allá en el fondo, en los bancos, están los bajos oficios, las criadas, los aparceros con sus familias; y por fin, allá, cerca de la puerta que entreabren y cierran discretamente, los señores pinches que vienen entre dos salsas, para tomar un poco de aire de la misa y para traer un olorcito de banquete en la iglesia toda de fiesta y tibia con tantos cirios encendidos.

                         ¿Será la vista de esos pequeños gorros blancos lo que distrae el oficiante? O no será más bien la campanilla de Garrigoú, esta rabiosa campanilla que se agita al pie del altar con una precipitación infernal y parece siempre decir:
                          - De prisa, de prisa ...más pronto terminaremos, más pronto estaremos sentados en la mesa.

                         De hecho cada vez que toca, esta campanilla del diablo, el capellán se olvida de su misa y solo piensa en el banquete. Se imagina a los cocineros atareados, los hornos en donde arde un fuego de herrería, el vapor que sale de las tapas entreabiertas, y en este vapor dos magníficos pavos, rellenos, tensos, forrados de trufas...

                        O bien aún, ve pasar hileras de pajes llevando platos envueltos en vapores tentadores, y con ellos entra en la sala ya preparada para el festín. ¡Oh delicias! He aquí la inmensa mesa toda llena y reluciente, los pavos reales con sus vistosas plumas, los faisanes abriendo sus alas irisadas, las licoreras de color rubí, las pirámides de frutos, esplendorosos entre ramas verdes y esos maravillosos pescados que decía Garrigoú (¡ah! ¡claro que sí, Garrigoú!) Tendidos en un lecho de hinojo, la escama anacarada, como recién salidos del agua, con un ramo de hierbas aromáticas en sus narices de monstruos. 

Es tan veraz la visión de todas esas maravillas, que le parece a Dom Balaguère que todos esos platos están delante de el en los bordados de su mantel del altar, y dos o tres veces en vez del ¡Dominus vobiscum! Se pone a recitar el Benedicite. A parte de esos pequeños descuidos, con dignidad, el hombre dice su oficio muy concienzudamente, sin saltarse ni una línea, sin omitir una genuflexión; y todo se desarrolla bastante bien hasta el final de la primera misa; porque Vds. ya saben que el día de Navidad el mismo oficiante tiene que celebrar tres misas seguidas.

                    - ¡Y de una! dice el capellán con un suspiro de alivio; y sin perder ni un minuto, avisa a su sacristán o al que cree ser su sacristán, y...
                      ¡Drelindin din!...¡Drelindin din!
                       Es la segunda misa que comienza, y con ella, comienza también el pecado de Dom Balaguére.
                     - De prisa, de prisa, aligerémonos, le grita de su alegre tintineo la campana de Garrigoú, y esta vez el desgraciado oficiante, abandonado por completo al demonio de la gula, se precipita sobre el misal y devora las páginas con la avidez se su apetito sobreexcitado.

                         De una manera frenética, se baja, se alza otra vez, recorta las señales de la cruz,  las genuflexiones, recorta todos sus gestos para acabar antes. A dura pena extiende sus brazos en el Evangelio, o se golpea el pecho en el Confiteor. Entre el sacristán y el, están para ver quien murmurará más deprisa. Versículos y responsos se precipitan, se empujan. Las palabras a medio pronunciar, sin abrir la boca, lo que alargaría demasiado el tiempo, se terminan en murmullos incomprensibles.

             Oremusps...ps...ps...
             Mea culpa...pa...pa...
              Semejantes a vendimiadores pisando rápidamente los racimos del lagar, ambos barbotean en el latín de la misa, salpicando a todos los lados.
             ¡Dom...scum!...dice Balaguère.

                ...¡Stutuo!... contesta Garrigoú; y siempre la maldita campanilla está ahí, tintineando a sus oídos como esos cascabeles que se ponen a las caballerías de correos para que galopen a toda velocidad. Imagínense con qué rapidez se dice así una misa vespertina.
                 - ¡Ya van dos!, dice el capellán resoplando, y sin darse tiempo para respirar, colorado, sudando, se derrumba por los escalones del altar y...
                ¡Drelindin din!...¡Drelindin din!...

              Es la tercera misa que comienza. Solo quedan unos pasos para alcanzar el comedor; ¡Pero qué pena! A medida que se acerca el festín, el desgraciado Balaguère se siente preso de una loca impaciencia de gula. Su visión se agranda, las carpas doradas, los pavos asados, están aquí, aquí...los está tocando;...los está...¡Valgame Dios!...los platos están humeando, los vinos embriagan; y sacudiendo su rabioso cascabel, la campanilla le grita:

               - ¡De prisa, de prisa, aun mas deprisa!     
             ¿Pero cómo poder ir más deprisa si apenas mueve los labios? Ya no pronuncia ni siquiera las palabras...tendría que estafar completamente al buen Dios y robarle la misa... ¡Y eso es lo que hace, el desgraciado!...De tentación en tentación, empieza por saltar un versículo, luego dos. Luego la Epístola es demasiado larga, no la termina, acaricia el Evangelio, pasa al lado del Credo sin entrar en él, se salta el Páter, saluda desde lejos el Prefacio, y por saltos y con carrerilla, así se precipita en la condenación eterna, siempre seguido por el infame Garrigoú (¡vade retro Satanás!) que lo segunda con una maravillosa conjunción, alzándole la casulla, pasa las hojas a pares, tropieza con los pupitres, tira las vinajeras, y sin parar, sacude la campanilla cada vez con más fuerza, y más deprisa.
                   ¡Hay que ver la cara asombrada de todos los asistentes! Obligados a seguir esa misa que no llegan a entender para nada, con los gestos del sacerdote, unos se levantan mientras otros se arrodillan, otros se sientan cuando los otros están de pie; y todas las fases de ese oficio singular se reflejan en los bancos en una variedad de actitudes varias. La estrella de Navidad, surcando por los cielos, allá, hacia el pequeño establo, palidece de espanto al ver esa confusión...
                 - El Padre va demasiado de prisa...no se le puede seguir, murmura la vieja marquesa madre, perdida, agitando su copete.

                 Maese Arnotón, con sus grandes anteojos de acero en la nariz, rebusca en su misal, en donde diantre se encuentra la misa. Pero en el fondo, toda esa buena gente, ya que ellos también se acuerdan del banquete, no están incomodados por el hecho de que esta misa valla a todo tren; y  cuando Dom Balaguère, la cara radiante, se vuelve hacia los asistentes, gritando con todas sus fuerzas: Ite missa est, solo se oye al unísono en la capilla contestar un Deo gratias tan alegre, tan atrayente, que parece que se está ya en la mesa para el primer brindis del banquete.

              Cinco minutos después, toda la muchedumbre de los nobles se sentaba en la gran sala,  el capellán en medio de ellos. El castillo iluminado de arriba abajo, retumbaba de cantos, gritos, risas, rumores; y el venerable Dom Balaguère clavaba su tenedor en un ala de pato, ahogando el remordimiento de su pecado en los ríos del famoso “vino del Papa” y los sabrosos jugos de viandas. Tanto bebió y comió, el pobre santo hombre, que murió esa misma noche de un terrible ataque, sin haber tenido ni siquiera el tiempo de arrepentirse; Y por la mañana llegó al Cielo que estaba aún en fiestas de la noche, y, os dejo imaginar de qué manera fue recibido.

           - ¡Retírate de Mí vista, pésimo Cristiano! Le dijo el soberano Juez, de todos nosotros, nuestro dueño. Tu falta es lo bastante grave como para borrar toda una vida de virtud... ¡Ah! Me has robado una misa del gallo... ¡Pues muy bien! me pagarás trescientas en su lugar, y solo entrarás en el Paraíso cuando hayas dicho en tu propia capilla, esas trescientas misas del gallo, en presencia de todos los que han pecado por tu culpa y contigo...

             - Y esta es la verdadera leyenda de Dom Balaguère como se cuenta en el país de los olivos. Hoy ya no existe el castillo de Trinquelage, pero aún se yergue derecha la capilla en la cumbre del monte Ventoux, en un bosquecillo de alcornoques. El viento mueve su puerta desencajada, la hierba crece en su entrada; Se ven nidos en las esquinas del altar y en el hueco de las grandes ventanas, cuyas cristaleras de color han desaparecido desde hace tiempo. Sin embargo, dicen que  todos los años por Navidad, una luz sobrenatural se mueve entre las ruinas, y que al ir a misa y a la cena de Navidad, los aldeanos perciben ese espectro de capilla alumbrado por cirios invisibles que arden al aire libre, incluso bajo la nieve y el viento.

            Uds. Se reirán si lo quieren, pero un viñador lugareño, apellidado Garrigue, sin duda alguna un descendiente de Garrigoú, me aseguró que una tarde navideña, encontrándose algo mareado se perdió en el monte por el paraje de Trinquelage; y me relató lo que vio...Hasta las once nada anormal. Todo estaba silencioso, apagado, inanimado. De pronto, hacia media noche, se oyó el sonido de una campana arriba en el campanario, una vieja, vieja campana que parecía tocar a diez leguas de ahí. Enseguida, en la cuesta, Garrigue vio luces temblorosas, sombras inciertas agitarse, bajo el porche de la Iglesia, andaban, susurraban:

                - ¡Buenas noches Maese Arnotón!
                - ¡Buenas noches, buenas noches hijos míos!...

                Cuando todos entraron, nuestro viñador, que era muy valiente, se acercó muy despacio, y al mirar por la puerta desencajada, observó un espectáculo singular. Toda esa gente que vio pasar, estaba alineada alrededor del coro, en la nave en ruinas, como si los antiguos bancos aún existieran. Hermosas damas con bordados, con tocados de encaje, nobles enjaezados de arriba abajo, aldeanos con chaquetas floreadas como las de nuestros abuelos, todos con pintas de  viejos, ajados, polvorientos, cansados. De vez en cuanto, aves nocturnas, huéspedes habituales de la capilla, despertados por tantas luces, venían a merodear alrededor de los cirios, cuya llama recta e indecisa parecía arder detrás de una tela de gasa; y lo que divertía mucho a Garrigue era cierto personaje con gafas de acero, que sacudía de vez en cuanto su gran peluquín negro, encima del cuál, se encontraba uno de esos pájaros, que se mantenía erguido enredado y aleteando silenciosamente.

              Allá en el fondo un viejecito, con la estatura de un niño, de rodillas en medio del coro, agitaba desesperadamente una campanilla, muda, sin voz alguna, mientras que un Sacerdote, vestido de oro viejo, iba y venía delante del altar, recitando oraciones que no se podían oír... Era sin duda alguna Dom Balaguère, que estaba diciendo su tercera misa vespertina.