MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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sábado, 21 de abril de 2018

POR QUÉ YAHVÉ PUSO UNA SEÑAL A CAIN PARA QUE NO DELATE SU CRIMEN CONTRA SU HERMANO ABEL?


El crimen de Caín deformó su alma y su cuerpo, Yahveh
puso una señal para que no se reconozca.






Génesis 4, 13-15 

[...] Caín contestó al Señor:
Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Tu me echas de este suelo, y tengo que ocultarme de tu vista; seré un forajido que huye por la Tierra, y el que me encuentre me matará.
El Señor le dijo:
El que mate a Caín será castigado siete veces.
Y el Señor puso una marca a Caín, para que no lo matara quien lo encontrase. 


Nunca comprenderé como hay tanta gente atea, es decir los que no creen en la existencia de Dios, o los que se autodenominan agnósticos, que quiere decir que ni creen, ni dejan de creer, ya que como según ellos, no se puede demostrar la existencia de Dios, se despreocupan del asunto, y viven su vida a su antojo, sin obedecer a ninguna Ley Divina, y siguiendo solo lo que les dicta sus apetitos.

Para nosotros, creyentes, y para la verdadera Iglesia de Dios, puesta por Él para ayudar a alcanzar la Vida Eterna, estas actitudes son verdaderamente pecaminosas, ya que toda la creación tanto material como animal, está pregonando la grandeza, la belleza, la infinita variedad, majestad y la sublime inteligencia de Dios, creación que cuanto más se analiza, tanto a nivel microscópico como a nivel cósmico, más aparece incomprensible para la mente humana.

Con un análisis espiritual más profundo, es un pecado gravísimo contra Dios, porque es negar la evidencia de que tiene que existir un Ser Superior para crear, mantener y ordenar todo lo creado. Y así el ateo, que está disfrutando en este mundo hasta del aire que respira, no solo no es capaz de agradecer a su Creador su existencia, pero además le niega el deber de amarle, como en la naturaleza, así lo hacen todas las cosas creadas, incluso los animales que siempre obedecen a Dios y en cierta manera alaban así a su Creador.

Es igualmente un pecado contra el Sublime Redentor, Cristo Jesús, ya que toda su vida, su pasión y muerte que se realizó para nuestra Salvación, carece entonces de sentido. Y el que no cree en Dios sabiendo que cualquier padre quiere lo mejor para su hijo, y desea que le imite según el ejemplo que le da en su vida y con sus enseñanzas, comete un pecado gravísimo, porque espiritualmente hablando, no querer obedecer a las Leyes de Dios, es el tremendo pecado de Soberbia de Lucifer, que decía “No serviré”, lo que le valió la maldición de Dios, y su caída en el abismo, transformado de Ángel en demonio, acompañado por sus seguidores, los ángeles tenebrosos.

El día del Juicio particular que ocurrirá a la hora de la muerte de cada ser humano, el alma en presencia de Dios, el Juez supremo, se verá entonces con el aspecto que refleja como ha sido su vida, que es la manera de comportarse que ha escogido libremente, en la Tierra, su alma se desarrolló poco a poco de una manera tal, que, el que ha practicado la Virtud, siguiendo los mandamientos de la Ley de Dios, que corresponde con la ley de su Conciencia, se habrá transformado en un ser apto para entrar en el Cielo, será de una belleza y de un esplendor proporcional a la Virtud que haya practicado en su Vida, y será semejante a Dios.

De la misma manera, el que haya practicado el vicio, siguiendo las Leyes de Satanás, el padre de la mentira, y haya muerto en pecado mortal, se verá completamente inepto para poder entrar en el Reino de Dios, ya que se verá transformado en un ser de un aspecto espantoso, semejante a Satanás.

Esto lo explica muy bien San Juan de la Cruz cuando dice que con el amor el alma, se asemeja y se transforma en lo que ama, ya que es propiedad del amor igualar el amante el amado. 

Y en este mundo, el más sádico criminal pasa desapercibido, ya que como se lo prometió Dios a Caín, puso una señal para que no se vea su delito, para evitar así que todo el mundo lo escudriñe, y lo desprecie, y no tenga la posibilidad de arrepentirte mientras está aún en la Tierra, pero en el otro mundo cuando entre en la Eternidad, donde ya el alma no podrá progresar porque habrá perdido la libertad de obrar, Dios habrá sacado esa señal y el alma aparecerá tal cual es, es decir apta para el Purgatorio, el Cielo o el Infierno.




De los cuadernos de María Valtorta
 (18-2-1.947)

Dice Jesús:

[…] ¡Oh vida humana, tan fundida con lo sobrenatural que llega a anular las voces y las flaquezas de la naturaleza para asumir las voces y las perfecciones angélicas! ¡Vida que ha olvidado la concupiscencia y vive de amor y en el amor! Es el hombre que se vuelve ángel, o sea la criatura compuesta por dos substancias, que purifica la parte más baja con los fuegos de la Caridad, y en la Caridad están todas las virtudes, como si fueran muchas semillas encerradas en un solo fruto, hasta el punto que puede decirse que, de este modo se despoja, o mejor, la despoja de todo lo que es materialidad hasta hacer también que la materia sea digna de penetrar un día en el Reino del Espíritu. 


Posa en el sepulcro el atavío purificado a la espera de la orden final. Más entonces surgirá glorificada hasta provocar la admiración de los mismos ángeles, porque la belleza de los cuerpos resurgidos y glorificados causará reverente estupor aun a los ángeles de Dios, que admirarán a estos hermanos suyos en lo creado diciendo: “Nosotros supimos permanecer en la Gracia respecto a una sola substancia; ellos, los hombres, son vencedores de la prueba respecto al espíritu y respecto a la carne. Gloria a Dios por la doble victoria de los elegidos”.



De los cuadernos de María Valtorta del 14 de Julio de 1.944


(...) La semejanza con Dios está en este Espíritu eterno, incorpóreo, sobrenatural, que tenéis en vosotros. Está en este espíritu, en este átomo del Espíritu infinito que, encerrado en una cárcel angosta y precaria, espera y anhela a volver a reunirse con su Fuente y compartir con Ella libertad, alegría paz, luz, amor, eternidad.

La imagen persiste aún donde ya no hay semejanza, porque el hombre permanece tal cual a los ojos de los hombres, aunque a los ojos de Dios y a los sobrenaturales habitantes del Cielo y de pocos elegidos en la Tierra (son los que tienen discernimiento de los espíritus), aparezca ya con su nuevo aspecto de demonio, que es su verdadero aspecto a partir del momento en que al no tener ya vida en él el espíritu, la culpa mortal le priva de la semejanza con Dios.

El hombre, privado de la Gracia por obra de la culpa, es solo el espíritu en donde se pudre el espíritu muerto. He aquí porque aunque todos los seres humanos tienen una imagen física común, cuando se cumpla la resurrección de la carne, serán sumamente diferentes entre si. Los bienaventurados tendrán un aspecto semi-divino, los condenados mostrarán un aspecto demoníaco. Entonces se traslucirá al exterior el misterio de las conciencias. ¡Qué terrible cognición! 

Añadido el 13-5-2.014
En esta vida, cualquier pecador, por muy grave que sea el pecado mortal, puede aún disfrutar de la Redención de Cristo Jesús, ya que, gracias a la señal de Caín, el aspecto de su alma muerta, queda oculta por su cuerpo mortal, si no fuera por esa ventaja, el alma no podría volver a la Vida con la Resurrección, que es el perdón de la culpa para el alma arrepentida.

Si el alma no quedase oculta, sin que su pecado haya transcendido a su cuerpo mortal, ello suscitaría para toda la gente solo odio y desprecio, hacia esa persona, lo que impediría su redención, por esa razón podemos amar al pecador, porque solo así se puede evitar el odio, y por eso puede aún convertirse, ya que una persona solo se puede convertir con amor, y nunca con desprecio. Esa conversión puede realizarse gracias a la Comunión de todos los Santos, es decir por las oraciones, los méritos y los sufrimientos de las almas Santas, que se ofrecen en holocausto por todos los pecadores.

Por eso la Santísima Virgen de Fátima dijo a los pastorcillos: "¡Cuanta gente se condena porque no hay nadie que rece por ellos!". Palabras que no se atreven a recordar muchos predicadores, ocultando una recomendación que ayudaría a salvar muchas almas.






viernes, 20 de abril de 2018

EL BEATO TRÁNSITO DE LA Stma. VIRGEN MARÍA (Comentarios de Jesús y María)



EL APÓSTOL JUAN RODEÓ EL LECHO DE MARÍA DE FLORES
Y DE RAMOS DE OLIVO ANTES DE LA ASCENSIÓN

Jesús habla aquí de la diferencia que existe entre el éxtasis del arrobamiento de los santos, cuya alma en su parte mejor se aparta del cuerpo, y al final del rapto vuelve a él, y el tránsito de María en sentido inverso: su parte más sublime del alma sube al Cielo ante el trono de Dios, y no vuelve al cuerpo que está en la Tierra, sino es el Cuerpo que sube al alma, con la ayuda de los ángeles.

Jesús relata un hecho misterioso: es el caso de Enoc y del Profeta Elías, que fueron raptados con su cuerpo mortal, siendo de virtud inferiores a la Virgen María, y están en un lugar solo conocido por Dios y por los moradores del Cielo, como así lo afirma Jesús en este comentario. Al no haber muerto su cuerpo, y al no estar ni en el Limbo, ya que Jesús ha abierto sus puertas con su Resurrección, ni tampoco en el Cielo, el misterio sigue patente. Este hecho me hace pensar en Melquisedec Sacerdote y Rey, de procedencia desconocida, que en realidad era la prefigura de Jesús, ¿Será que tanto Enoc como Elías han sido esos Sacerdotes y Reyes para otros mundos habitados que nunca llegaremos a conocer? 



DEL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO DE MARÍA VALTORTA


6 de Enero de 1.944:
Dice Jesús:
“Llegada la última hora, como una azucena cansada, que después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor. María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró sus ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena  contemplación de Dios.
Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara su espíritu de la carne, durante el tiempo señalado por el decreto de Dios, y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo, descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.
Inclinado también Juan, ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarle. Y cuando la vio extinguida siguió velando, para qué, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la Inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía.

Una tradición dice que la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron solo flores. Pura leyenda. Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.
Ella se había separado por decreto divino, solo del espíritu, y con este, que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el Cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga estancia en el lecho fúnebre.
Todo es posible para Dios, Yo salí del sepulcro sin ayuda alguna; solo con mi Poder. María vino a Mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez. Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios. No único en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías, quienes por el Amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que solo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios.
Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no tuvo sepulcro, y su cuerpo fue elevado al Cielo.



Dictado del 8 y 15 de Julio de 1.944.

Todo los relatos anteriores, y especialmente este último de María Stma. desmontan todas las visiones de Ana Catalina de Emmerick, que decía que María ascendió en los Cielos desde una casa en Efeso, de lo que hoy es Turquía; que todos los Apóstoles habían sido avisados por ángeles para asistir al tránsito de la Virgen María, y tantos cuentos y leyendas falsas.

Dice María:

"Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor es darle a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito  de la Tierra al Cielo. Solo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.

La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa de Getsemaní, cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos. Durante la destrucción de Jerusalén  por obra de los romanos, fue devastada, y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos.




SOBRE EL TRÁNSITO, LA ASUNCIÓN Y LA REALEZA DE MARÍA SANTÍSIMA



María coronada por los ángeles como su Reina,
aparece protegiendo a sus hijos bajo su manto.


Descripción de la Stma. Virgen María del misterio de su sublime Asunción a los Cielos, como Madre de la Humanidad explica como la parte más sublime de su alma se unió en un arrobamiento y éxtasis divino ante el trono de Dios, quedando su Cuerpo incorrupto en una misteriosa dormición, hasta que su cuerpo fue llevado por los ángeles para unirse con su alma y como su Hijo, ser una Criatura con su cuerpo glorificado, siendo la primicia de lo que será para los elegidos la Resurrección final, cuando los cuerpos glorificados o corruptos se presentarán ante la Divinidad para el Juicio  final y conocer su eterno destino.
En ese Juicio habrá desaparecido para siempre la señal que puso Yahvé a Caín para ocultar si crimen, es decir que en esos cuerpos resucitados, aparecerán las huellas de sus pecados y de sus virtudes.

Los pecados no perdonados afearán los cuerpos de los condenados que al no amar a Dios, han aborrecido a sus semejantes, y las virtudes de los que han sabido amar, aparecerán con sus cuerpos hermosos, ya que habiendo sabido amar, tuvieron sus pecados perdonados, y sus inclinaciones perversas eliminadas después del lavacro previo a la comparecencia.

Para los que han sabido amar a nuestra Madre celestial, la tendrán por abogada, ya que una madre vela siempre por la salud espiritual de sus hijos, y los defiende de todo peligro.




DEL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO
DE MARÍA VALTORTA
(14 de Abril de 1.948)


Dice María:
“¿Yo morí? Si, si se quiere llamar muerte a la separación acaecida entre la parte superior del espíritu y el cuerpo; no, si por muerte se entiende la separación entre el alma vivificante y el cuerpo, la corrupción de la materia carente ya de la vivificación del alma y, antes, la lobreguez del sepulcro y, como primera de todas estas cosas, el angustioso sufrimiento de la muerte.
¿Cómo morí, o mejor como pasé de la Tierra al Cielo. Antes con la parte inmortal, después con la perecedera? Como era justo que fuera para la Mujer que no conoció mancha de culpa.
En este anochecer – ya había comenzado el descanso sabático – hablaba con Juan. De Jesús. De sus cosas. Aquella hora vespertina estaba llena de paz. El sábado había apagado  todos los rumores de humanas obras.  Y la hora apagaba toda voz de hombre o de ave. Sólo los olivos de alrededor de la casa, emitían su frufrú con la brisa del anochecer: parecía como si un vuelo de ángeles acariciaba las paredes de la casita solitaria.

Hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos. Hablar de la Caridad y del Reino de la Caridad significa encenderse con el fuego vivo, consumir las cadenas de la materia para dejar libre el espíritu en sus vuelos místicos. Si el fuego está contenido dentro de los límites que Dios pone para conservar a las criaturas en la Tierra a su servicio, es posible arder y vivir, encontrando en el fuego no consumación sino perfeccionamiento de vida. Pero cuando Dios quita los límites y deja libertad al Fuego divino de incidir sin medida en el espíritu y de atraerlo a sí sin medida, entonces el espíritu respondiendo a su vez sin medida al Amor, se separa de la materia y vuela al lugar desde donde el Amor le invita: y es el final del destierro y el regreso a la Patria.

Aquel atardecer, el ardor incontenible, a la vitalidad sin medida de mi espíritu, se unió a una dulce postración, una misteriosa sensación de que la materia se alejaba de todo lo que la rodeaba; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras  el intelecto, avivado más su razonar, se abismara  en los divinos esplendores.
Juan, amoroso y prudente testigo de todos mis actos desde que fue mi hijo adoptivo según la voluntad de mi Unigénito, dulcemente, me persuadió de que buscara descanso en el lecho, y me veló orando. El último sonido que oí en la Tierra fue el susurro de las palabras del virgen Juan. Para mí fueron como la nana de una madre junto a la cuna. Y acompañaron a mi espíritu en el último éxtasis, demasiado sublime como para ser descrito. Acompañaron a mi espíritu hasta el Cielo.
Juan, único testigo de este delicado misterio, me avió. Él solo me avió, envolviéndome en el manto blanco, sin cambiarme de túnica ni de velo, sin lavacro y sin embalsamamiento. El espíritu de Juan – como se ve claro por sus palabras del segundo episodio de este ciclo que va de Pentecostés a mi Asunción – ya sabía que no me iba a descomponer, e instruyó al Apóstol sobre lo que había que hacerse. Y él, casto y amoroso, prudente respecto a los misterios de Dios y a los compañeros lejanos, decidió custodiar el secreto y esperar a los otros siervos de Dios, para que me vieran todavía y sacaran, al verme consuelo y ayuda para las penas y fatigas de sus misiones. Esperó como estando seguro de que llegarían.

Pero el decreto de Dios era distinto. Como siempre, bueno para el predilecto; justo, como siempre, para todos los creyentes. Cargó los ojos del primero, para que el sueño le ahorrara la congoja de ver como se le arrebataba también mi cuerpo; dio a los creyentes otra verdad que les ayudara a creer en la resurrección de la carne, en el premio de una vida eterna y bienaventurada concedida a los justos; en las verdades más poderosas  y dulces del Nuevo Testamento – mi Inmaculada Concepción, mi divina maternidad virginal - ; en la naturaleza divina y humana en mi Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nacido no por voluntad carnal sino por desposorio divino y por divina semilla depositada en mi seno; en fin, para que creyeran que en el Cielo está mi corazón de Madre de los Hombres, palpitante de vibrante Amor por todos, justos y pecadores, deseoso de teneros a todos junto a sí, en la Patria bienaventurada, por toda la eternidad.

Cuando los ángeles me sacaron de la casita, ¿mi espíritu había venido a mí? No. El espíritu ya no tenía que bajar de nuevo a la Tierra. Estaba en adoración delante del Trono de Dios. Pero cuando la Tierra, el destierro, el tiempo y el lugar de la separación de mi Señor, Uno y Trino fueron dejados para siempre, entonces el espíritu volvió a resplandecer en el centro de mi alma, despertando a la carne de su dormición; por lo que es cabal hablar, respecto a mí de Asunción al Cielo en alma y cuerpo, no por mi propia capacidad, como sucedió en el caso de Jesús, sino por ayuda angélica. Me desperté de aquella misteriosa y mística dormición, me alcé, en fin volé, porque ya mi carne había conseguido la perfección de los cuerpos glorificados. Y amé. Amé a mi Hijo y a mi Señor, Uno y Trino, de nuevo hallados, los amé cómo es destino de todos los eternos vivientes”.






miércoles, 18 de abril de 2018

III/ LA GLORIOSA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA



El Cuerpo incorrupto de María es llevado por los
ángeles para unirse con su espíritu. 


La Santísima Virgen María, fue llevada por los ángeles, para volver a unirse con su alma, a los tres días de la separación. De la misma manera que Cristo, que resucitó a los tres días, pero Él como Dios ya glorificado,  y María para volver a unirse con su cuerpo y así poder ser glorificada para tomar posesión de su trono como Reina de los Cielos y de la Tierra.

Al contrario de otros relatos, en este relato de su Gloriosa Asunción solo estuvo presente Juan. El Apóstol virgen del Amor. En los comentarios de María y de Jesús, que publicaremos próximamente, veremos por qué Dios quiso que esté presente, Juan que fue el que recibió de María las explicaciones sobre la fuerza infinita del Amor, que solo pueden comprender, y por lo tanto predicar los místicos, que son los grandes enamorados como San Juan de la Cruz. 



DEL EVANGELIO COMO ME FUE REVELADO DE MARÍA VALTORTA (Tomo 10, Capítulo 650)


¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerse con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decir que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramos con hojas ya lacias, y las otras flores mustias puestas – cada una de ellas como una reliquia – sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.
Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montanas.
Juan – a saber cuántos días sigue velando – se ha dormido vencido por el cansancio, sentado en el taburete, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, le ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.
El alba debe de haber empezado ya; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace más nítidos los contornos de los objetos de la habitación, de esos objetos, que por estar lejos de la lamparita, antes a penas se vislumbraban.

De repente una gran Luz llena la habitación, una Luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfóricas; y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una Luz igual a la que inundó la gruta de Belén en el momento de la divina Natividad. Luego, en esta Luz paradisiaca, se hacen visibles criaturas angélicas (Luz aún más espléndida en la Luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes), como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.
Las criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, en un batir más fuerte de sus alas – que aumenta el sonido que antes existía -, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, santísimo, sin duda pero aún no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la gravedad, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerta ya estaba glorificado. El sonido producido por las alas angélicas aumenta, y ahora es potente como sonido de órgano.

Juan, que ya - aun permaneciendo adormecido – se había movido dos o tres veces en su taburete, como si le molestaran la gran Luz y el sonido de las alas angélicas, se despierta totalmente por ese potente sonido y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.
El Apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y, como por un instinto espiritual, o por llamada celestre, alza la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del sol saliente.

Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía inerte, e igual en todo a una persona que duerme; le ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, quizás por la acción del viento producido por la rápida Asunción y por el movimiento de las alas angélicas; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de María, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra de Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y, por tanto más leve.
Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y, sin duda, por un prodigio que Dios le concede, para consolarle o premiarle por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora por los rayos del sol, que ya ha salido, sale del éxtasis  que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).

Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede contra la facultad, contra la ley natural, de ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, no ya ayudada a subir, por los ángeles que entonan cantos de Júbilo.. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrían jamás descubrir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

Juan permaneciendo apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente forma de Dios – porque realmente puede llamarse así a María, formada de un modo único por Dios, que la quiso Inmaculada para que fuera forma para el Verbo Encarnado – que sube cada vez más. Y un último supremo prodigio concede Dios-Amor a ese perfecto amante suyo de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo – quien también Él, espléndido y resplandeciente, hermoso, con una hermosura indescriptible – desciende rápido del Cielo, llega junto a su Madre, la abraza junto a su corazón y, juntos más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.

La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor y la perdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora, el júbilo supera el dolor.
Dice: “¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que tendría que suceder esto. Y quería estar en vela para no perder ningún detalle de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento que era inminente la Asunción… Pero quizás Tú mismo lo has querido, oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado… Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que si en un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aún  estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, inesperable! ¡Oh, don de los dones de Jesús-Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a mi Maestro y Señor! ¡Verle a Él junto a su Madre! ¡Él semejante a un sol, y ella a una luna esplendidísimos ambos en su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente!

¡Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial? ¿Cuál será el júbilo de los angélicos coros y de los santos? Es tal la alegría que me ha producido el ver a la Madre con el Hijo – cosa que anula toda pena suya, toda pena de ambos -, que también mi pena cesa y en su lugar, en mí entra la paz. De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María, y siento que viene en mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. Gracias por ello, oh Dios. 

Y gracias por haberme dado la forma de ver, incluso respecto a una criatura (santísima, pero en todo caso humana), cual es el destino de los santos, cual será después del último juicio y de la resurrección de los cuerpos su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte. No tenía necesidad de ver para creer. Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo. A estos le podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no solo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte se puede llamar muerte, reprendió vida y, con la carne unida de nuevo al alma tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo.

Podré decir: “Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos, y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes. Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar. Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús-Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas”. ¡Gracias otra vez, oh Dios! Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslos. Servirán... sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré… “.

Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y los pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación.
Advierte entonces más atentamente la abertura del techo y exclama: “¡Otro prodigio! ¡Y otro admirable paralelismo en los prodigios de la Vida de Jesús y María! Él, Dios, por sí solo resucitó, y solo con su voluntad volcó la piedra del Sepulcro, y solo con su poder ascendió al Cielo. Por sí solo. Para María, santísima, pero hija de hombre, con ayuda angélica se abrió la vía para su asunción al Cielo. En Cristo el Espíritu volvió a animar el Cuerpo mientras el Cuerpo estaba todavía en la Tierra, porque así debía ser, para hacer callar a sus enemigos y confirmar en la fe a todos sus seguidores. En María el espíritu ha vuelto cuando el santísimo cuerpo estaba ya en el umbral del Paraíso, porque para Ella no era necesaria ninguna otra cosa. ¡Oh, Potencia perfecta de la Infinita Sabiduría de Dios!… “.

Juan recoge ahora en una tela las flores y las ramas que han quedado en el lecho, une a ello lo que había recogido afuera. Y pone todo encima de la tapa del arca. Luego abre el arca y pone dentro la almohadilla de María y la cubierta de la cama. Baja a la cocina, recoge otros objetos usados por Ella – el huso y la rueca y las piezas de la vajilla usada por Ella – y los une a las otras cosas.

Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama: “¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir a sembrar la divina palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres!  Enseñar el Amor. Enseñarlo para que crean en el Amor y en su poder. Dar a conocer a los hombres lo que Dios-Amor ha hecho por ellos. Su Sacrificio  y su Sacramento y Rito perpetuo, por los que, hasta el final de los siglos, podremos estar unidos a Jesucristo por la Eucaristía y renovar el rito y el sacrificio como Él mandó hacer, ¡Dones, todos ellos del amor perfecto! Hacer amar al Amor , para que crean en el Amor como nosotros hemos creído y creemos. Sembrar el Amor para que sea abundante la recolección y la pesca para el Señor.

María me ha dicho en sus últimas palabras que el Amor todo lo obtiene; en sus últimas palabras a mí, a quien Ella cabalmente ha definido, en el colegio apostólico, como el que ama, el amante por excelencia, la antítesis de Judas Iscariote, que fue el odio; como Pedro la impulsividad y Andrés la mansedumbre, y los hijos de Alfeo la santidad y sabiduría unidas a nobleza de modos, etc. 

Yo, el amante, ahora que ya no tengo ni al Maestro ni a la Madre, a quienes amar en la Tierra, iré a esparcir el Amor entre las gentes. El Amor será mi arma y doctrina. Y con él venceré al demonio y al paganismo, y conquistaré a muchas almas. Continuaré así a Jesús y a María, que fueron el Amor perfecto en la Tierra”.









martes, 17 de abril de 2018

II / EL BEATO TRÁNSITO DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS



Por su beato tránsito, María va a pasar de ser Madre de Dios y además a ser Madre de toda la Humanidad.



 EL BEATO TRÁNSITO DE LA VIRGEN MARÍA


La inmensa importancia del Amor del alma, que cuando es perfecto, es atraído por Dios, como un poderoso imán, ya que el Amor es unitivo, por eso el Espíritu de María es raptado antes que su Cuerpo incorrupto. 

MARÍA VA A PASAR DE SER MADRE DE DIOS, Y DEL APÓSTOL JUAN, A SER ADEMÁS LA MADRE DE TODA LA HUMANIDAD. COMO JESÚS TIENE UNA NATURALEZA HUMANA QUE SEGUIRÁ SUFRIENDO POR SUS HIJOS TERRENALES, Y UNA NATURALEZA DIVINA POR ADOPCIÓN, QUE ESTÁ EN PERFECTA GLORIA DE DIOS. POR ESO, PUEDE SER MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS DE DIOS.



DEL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO DE MARÍA VALTORTA.


[…] “¡No sigas llorando!” exclama María, mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas del Apóstol. Y añade: “Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!”.
“Te perderé de todas formas. Aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado en un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate.  Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos, de sangre y de misión están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo, y en medio de la más fuerte tempestad!”, y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.
María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice: “No, así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡y era una escena de terror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡Tan fuerte, tan consolador para Él  y para mí, en aquel momento… ¿¡Y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado. Y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esa manera!? Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está cerca de mí: es más, únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Solo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero, ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron  en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estuvo turbado y titubeante por mi estado y respeto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto. Y en Egipto cuando nos dieron la orden de volver a Palestina […]

También en este atardecer, siento, aunque no lo vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la Luz, una irresistible Luz, como la que recibí cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo; Luz que viene de un impulso  de amor más poderoso que el habitual en mí. Por una potencia de amor similar a esta, arrebaté antes del tiempo, del Cielo, al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve a ese lugar donde quiero ir con mi espíritu para cantar eternamente, con el pueblo de los Santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero “Magnificat” a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva”.

“No sólo con el espíritu, probablemente, dice Juan. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente de ti Tobit, porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, Tu has dado a Dios, tu sola tanto amor, como no le han dado todos los sumos sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima”.

“Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtener. Recuerda esto, Juan, Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por falta de cristianos de moral… iscariótica, deprimirán vuestro espíritu. No temáis. Amad y no temáis.

En la proporción de vuestra forma de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín. Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios, y es escuchada por Dios, y obtiene del Omnipotente lo que desea.

Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó amar a mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: “¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo”. ¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran Luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos  por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino. Juan mío!”.

Juan, que escuchando a María se había calmado un poco, aunque parecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama: “¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestidos relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el monte de los olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa”. Y, amorosamente la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.

Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia ella: “Yo estoy en Dios, y Dios está en mí. Mientras le contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mi tengo todavía en la Tierra…”.

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo – Lo cual observa María con una sonrisa, diciendo: “¡Me parece que tengo a mi lado a mi Jesús!” – entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel y de Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico, desde el 11 al 46; por último entona el Magnificat. Pero al llegar al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo  con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No puede persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. ¡Pero claro, tiene que rendirse a la evidencia! Se inclina hacia su cara que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del Amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímputo de dolor, Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y, mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.
Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja solo, la cama; la pequeña mesa contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias, un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace  María; y una repisa sobre la que está una lamparita que Juan ha encendido (porque ya va llegando la noche).

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores  que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.
 Mientas realiza esto, habla con María  yacente, como si pudiera oírle. Dice: “Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, viña fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la Vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú, sencillas y puras, como tú, adornadas de espinas, como tú pacíficas. Ahora acercamos esta lamparita. Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro.

El primero es que, según su deseo, Pedro y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú, de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes el tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano. El tercero es que Dios me de paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y porque no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que entonces, obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por orden de Cristo. 

¿Pero tú, realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo que en tu tránsito ha sucedido. Pienso en que esto no es sino una transitoria separación de tu alma. Sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo. ¡Debe de ser así! ¡Es así! Cómo y cuando tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo se. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios, o sea con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino”.
Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla orando a María yacente....