MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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miércoles, 23 de mayo de 2012

JESÚS, LA SALUD DEL ALMA MORIBUNDA; ESTREMECEDOR MILAGRO DE JESÚS EN ASCALÓN, CIUDAD FILISTEA.



EL MILAGRO DE JESÚS EN ASCALÓN, CIUDAD FILISTEA



La "Presunta" Santa María Valtorta
Personalmente, este es uno de los relatos magistrales de María Valtorta que más me impresionó, ya que la descripción de los lugares, el diálogo de Jesús con el niño, y el hecho del milagro en sí, es verdaderamente estremecedor. 
  
Maravilloso e impresionante milagro de Jesús en la Ciudad filistea de Ascalón, que se queda solo, para realizar un prodigio hacia una familia destrozada, salvando a unos niños que se iban a quedar huérfanos. Aquí se ve como la fe en el Mesías prometido, es la que favorece el encuentro con el Salvador, y como esa fe produce el milagro de la sanación. 

            Ese milagro material hacia la mujer moribunda, es el símbolo del milagro espiritual que se produce en el alma que agoniza y que solo por la acción de Jesús, el Salvador, recobra toda su fuerza y vigor. El Hijo de Dios es el único que propicia esa salud del alma, ya que solo Él, el Creador del Universo visible e invisible, puede con la acción del Espíritu Santo, transmitir al alma la fuerza necesaria para devolverle la  nueva vida, que es el renacer espiritual y así, poder alcanzar la Vida Eterna.

         Esto es lo que está simbolizado por sus palabras, cuando dijo:"Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida Eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive en mí y yo en él. (Jn 6-51,56)




DEL EVANGELIO COMO ME HA SIDO REVELADO DE MARÍA VALTORTA
Jesús despide a sus discípulos para que prediquen por la Ciudad.

[ ...] Jesús va solo por la Ciudad, sin rumbo fijo, a lo largo y lo ancho, anónimo entre la atareada gente. Ni siquiera se fijan en Él, salvo dos o tres niños que levantan, curiosos, la cabeza, y una mujer provocadamente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones; pero Jesús la mira tan severamente, que ella se pone roja como la púrpura, baja los ojos y cambia de dirección; llegada a la esquina, se vuelve, pero, dado que uno del lugar, que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota, se envuelve en su manto y huye.
Los niños, sin embargo, se quedan un poco alrededor de Jesús, le miran, sonríen ante su sonrisa. Uno de ellos, más audaz, pregunta:
“¿Quién eres?”.
“Jesús”, responde acariciándolo.
“¿Qué haces?”.
“Estoy esperando a unos amigos”.
“¿De Ascalón?”.
“No. De mi tierra, de Judea”.
“¿Eres rico?” Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Dentro trabaja alfombras. Ven a ver. Está aquí cerca”.

Y Jesús va con el niño, y entra en un largo atrio que forma como una calle cubierta. En el fondo, resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar, todo encendido de sol.
Encuentran a una niña demacrada que llora. “Es Dina. Es pobre, ¿sabes? Mi madre le da comida. Su madre ya no está en condiciones de ganar. Su padre murió en el mar. Fue una tormenta, mientra iba de Gaza al puerto del gran río a llevar y recoger mercancías. Como la mercancía era de mi padre, y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos. Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas? Debe ser duro ser huérfano y pobre. Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela; pero es que me han echado porqué hacía reír a los compañeros con esto…” y saca de debajo del vestido un monigote tallado en madera, en una delgada tablilla de madera, realmente muy cómico, con unas narices y una barbilla puntiaguda muy caricaturescas.

A Jesús le vibra una sonrisa entre los labios, pero se frena y dice. “¡No será el Maestro, ¿verdad?! Ni ningún pariente, ¿no? No estaría bien”.

“No. Es el jefe de la sinagoga de los judíos. Es viejo y feo y siempre nos mofamos de él”.
“Eso tampoco está bien. Fíjate que es mucho mayor que tú y…”.
“¡Bueno… es muy viejo, medio cheposo y casi ciego; y tan feo…!
¡Yo no tengo ninguna culpa de que él sea feo!”.

 “No, pero si tienes culpa de burlarte de un anciano. Tú también, de viejo, serás feo, porque te encorvarás; tendrás poco pelo, estarás medio ciego, caminarás con bastones, tendrás esa cara así. ¿Y entonces? ¿Te va a gustar que se burle de ti un niño irrespetuoso? Y, además, por qué hacerle ponerse nervioso al maestro?, ¿por qué molestar a los compañeros? No está bien hecho. Si tu padre viniera a saberlo te castigaría, y tu madre se apenaría. Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas: la promesa de no volver a cometer esas faltas y el muñeco. ¿Quién lo ha hecho?”.

“Yo, Señor…” dice afligido el niño, consciente ya de la gravedad de sus… fechorías… Y añade: “¡Me gusta mucho trabajar la madera! A veces reproduzco las flores o animales de las alfombras. ¡Fíjate… dragones, esfinges… y más animales”.
“Esos animales, si los puedes hacer. ¡Tantas cosas bonitas hay en la tierra! Entonces, ¿prometes?, ¿me das ese fantoche? Si no, dejamos de ser amigos. Lo guardaré como recuerdo tuyo y rezaré por ti. ¿Cómo te llamas?”.
“Alejandro. ¿Y Tú qué me das?”.

Jesús se ve en dificultad: ¡Tiene siempre tan pocas cosas!... Pero luego se acuerda de que tiene una fíbula muy bonita prendida al cuello de uno de los indumentos. Busca en el talego, la encuentra, la quita, se la da al niño. “Vamos. Pero ten en cuenta que incluso cuando me haya marchado, sigo lo mismo sabiendo todo, y si sé que eres malo vuelvo y lo digo todo a tu madre”. El pacto queda hecho.

Entran en la casa. Al otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.
La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida y va a avisar a la señora. Esta – una mujer alta y de dulce aspecto – viene inmediatamente y pregunta: “¿Se ha sentido mal mi hijo?”.
“No, mujer; me ha conducido aquí para mostrarme tus telares. Soy forastero”.
“¿Quieres comprar?”.
“No. Yo no tengo dinero, pero tengo amigos a los que les gustan las cosas estéticas, y que tienen dinero”.

La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa así, sin rodeos, que es pobre, y dice: “Pues te creía un señor, tienes modos y aspecto de gran señor”.
“Pues mira, soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno”.
“Somos comerciantes. No tenemos prejuicios. Pasa y mira”. Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchachas bajo su dirección.

Las alfombras son verdaderamente de valor en cuanto a dibujo y colores; espesas, blandas, parecen pequeños cuadros de jardín llenos de flores, o una imagen calidoscópica de gemas. Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas: hipogrifos, sirenas, dragones o grifos heráldicos semejantes a los nuestros.
Jesús admira estas obras: “Eres muy hábil. Me alegro de haber visto todo esto, como me alegro de que seas buena".

“¿Cómo sabes eso?”
“Se ve en la cara. Además el niño me ha hablado de Dina. Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo como tienes, en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad”.
“¿Qué verdad?”.
“Muy cerca del Señor Altísimo. El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia, y sus subordinados, y la extiende a los pobres, tiene ya en si la Religión. “Aquella es Dina, ¿no?”.
“Si, su madre se está muriendo. Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello. Ven, Dina, acércate a este Señor”.

La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.
Jesús la acaricia y dice: “¿Me llevas a ver a tu madre? Querrías que se pusiera buena, ¿verdad? Bueno, pues llévame a ella. Adiós, mujer. Adiós Alejandro; y sé bueno”.
Sale, llevando a la niña de la mano. “¿Tienes hermanos?” pregunta.
“Tengo tres hermanos pequeños. El último no conoció a nuestro padre”.
“No llores. ¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre? ¡¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios que quiere a los hombres que ha creado, y especialmente a los niños buenos; y que lo puede todo!?”

“Sí, lo sé, Señor. Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé. Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas. Se que existe y que se llama Yeoveh, y que nos castigó porqué los filisteos fueron malos con Él. Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos. Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá, ni mi padre. Entonces, ¿por qué…?” el llanto hace de barrera a la palabra.

“No llores. Dios te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y tu mamá. ¿Sabes que los israelitas esperan el Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos, el Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?”.
“Lo sé, Señor. Nos amenazan diciendo: “¡Ay de vosotros cuando llegue!”.
“¿Sabes lo que hará el Mesías?”.
“Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal”.

“No. Dará redención al mundo, quitará el pecado, enseñará a no pecar; querrá a los pobres, a los enfermos, a los afligidos; se acercará a ellos; enseñará a los ricos, a los sanos y a los que viven felices, a quererlos; recomendará la bondad para obtener la Vida Eterna y bienaventurada en el Cielo. Esto es lo que hará… Y no será tirano con nadie”.

“¿Y como se sabrá que es Él?”.
“Porqué querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él, redimirá a los pecadores y enseñará el amor”.
“¡Ah, si viniera antes de que mi mamá muriese! ¡Como creería yo! ¡Como le suplicaría! Iría a buscarle hasta encontrarle y le diría: “Soy una pobre niña sin padre. Mi madre se está muriendo. Yo espero en Ti”. Estoy segura que, aunque siendo Filistea, me escucharía”.

Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña. Jesús sonríe mirando a esta pobrecita que camina a su lado, pero ella no ve esta fúlgida sonrisa, porque va mirando hacia delante, hacia la casa que ya está cerca…
Llegan a una casucha muy pobre que está al final de un callejón sin salida. “Es aquí, Señor, pasa”… Una mezquina habitacioncita, un cuerpo agotado tendido sobre un costal, tres pequeñuelos sentados al lado, de edad entre tres y diez años; todo deja transparentar miseria y hambre.

“La paz sea contigo, mujer. Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos. He conocido a tu hija y sé que estás enferma, y he venido. ¿Quieres recobrar la salud?”.
La mujer, con un hilo de voz, responde: “¡Oh, Señor!... pero para mí, todo ha terminado…” y llora.
“Tu hija ha sido capaz de creer que el Mesías podría curarte”. “¿Tú?”.
“Oh, yo también lo creería! Pero… ¿Dónde está el Mesías?”.

“Es el que te está hablando”. Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina, se endereza y grita: “Lo quiero. Queda curada”.

Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús, están – tres rostros de estupor – haciendo de corona a la yacija materna.
Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de beatitud, refulge en su carita; de tanta emoción como siente, casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra y, cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas, como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta, y luego, sin quitar ni un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pié, profiere un grito de júbilo: “¡Mamá!”. Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón… Y luego otra: “¡Jesús!”. Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse mientras dice: “¡Adora, adora! Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé”.

“Adorad al verdadero Dios. Sed buenos. Acordáis de Mí. Adiós”.
Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos, felices, siguen prosternadas.

      En el siguiente relato, al volver los Apóstoles de predicar por el Pueblo, estos le relatan a Jesús que su predicación ha sido muy exitosa y le entregan mucho dinero que han recibido en limosnas, Jesús les ordena de ir a entregárselo a la pobre viuda.






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